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TERRORISMO

07/07/05

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena

 

A partir de los atentados contra el World Trade Center, ocurridos el 11 de septiembre del 2001, el mundo occidental tomó una conciencia clara acerca de las proporciones del riesgo que entrañan los ataques terroristas a gran escala, sobre todo en las metrópolis, donde millones de personas viven en espacios relativamente pequeños.

 

Desde esa fecha la amenaza del integrismo musulmán, que recurre al terror como forma de evangelización, se ha cernido como una atemorizante sombra sobre el mundo. Los enormes y macabros festines de la muerte con que tanto gozan los terroristas islámicos, han cobrado la vida de miles de personas alrededor del mundo en los últimos años, ya sea en Báli, en Madrid, en Nueva York, en Londres, o en tantos otros sitios donde se han perpetrado estos actos,  el mundo ha sido testigo del fanatismo, la crueldad y la cerrazón de los integristas.

 

No cometamos el error de achacar los ataques contra Londres o Madrid a la guerra en Irak, esta no es sino un pretexto del que estas personas (por decirles de algún modo) se valen para cobrar rencillas históricas: a España no le perdonan el que haya derrotado a los moros, primero al expulsarlos de la península y luego al vencerlos en la batalla de Lepanto, en cuanto a Inglaterra, basta recordar que el imperio británico conquistó a muchos pueblos islámicos.

 

La intolerancia es, desgraciadamente, (aunque no sea políticamente correcto decirlo) moneda común entre los musulmanes. Cuando son minoría hablan de un religión de paz y amor, pero cuando la mayor parte de un pueblo es de esta religión, de inmediato empieza a tiranizar y oprimir a quienes no comparten sus creencias religiosas, algunos ejemplos: Nigeria, donde, en las provincias del norte, los hijos de Alá quieren imponer la charia, o ley islámica, a las minorías cristianas, o los actos de crueldad perpetrados contra los cristianos en Timor Oriental, aún en países más cercanos a occidente, como Arabia Saudita, está prohibido el portar Biblias o crucifijos. Recordemos también los casos ocurridos en Francia e Italia, donde algunos musulmanes han pedido que se retiren los crucifijos de la escuelas, porque les molestan (a pesar de que el resto de los estudiantes son católicos).

 

El Islam, un mezcla de creencias judaicocristianas con costumbres de los mercaderes árabes de la edad media, ha colocado a la mujer en una situación de inferioridad y esclavitud, al tiempo que ha provocado que pueblos enteros estén mentalmente atrasados cientos de años respecto al resto del mundo.

 

La razón última de los ataques, es el rechazo de los integristas al modo de vida occidental, hay dos formas de detener los atentados: adoptar sin reparos la clase de sociedad que nos quieren imponer o proseguir con renovados bríos la lucha contra el terrorismo. No es una cuestión de identificación ideológica, sino de sobrevivencia.

 

Todos los coristas de los derechos humanos y los globalifóbicos que se oponen a la guerra en Irak e implícitamente apoyan a los terroristas, no ven a futuro, al igual que una gran parte de la sociedad, sobre todo en países como el nuestro, no se dan cuenta de que el derecho a disentir, a pensar de forma individual y a defender nuestras creencias dentro de un marco de respeto, son conquistas de la civilización occidental, no analizan que en un régimen como el que quieren imponer los grupos fundamentalistas islámicos, no podrían protestar, como ahora pueden hacerlo.

                       

El combate a los terroristas debe ser firme y decidido, en todos los sitios donde se escondan, ellos son emisarios de un pasado totalitario que no debe volver, que ya ha costado demasiada sangre a través de la historia, será una pelea larga y peligrosa, pero vale la pena, por todo lo que (con tropiezos y dificultades) hemos logrado construir, por nuestra sociedad, por nosotros mismos.